Quién era el enemigo a batir
La primera melé de La Orilla, en el Foso de Kargoth, contada por Silas, que lo vio todo desde la grada. Veinte luchadores, dos bandos y una lección: en el foso gana quien sabe a quién hay que tumbar primero.
Lo cuenta Silas · pícaro alquimista de El Tomo y la Espada

Ilustración generada con IA · cómo se usa aquí
El foco
Esto es lo primero que hay que entender, y lo que más me enseñó la tarde: los dos bandos sabían perfectamente a quién temer.
El bando de Gibson se lanzó a por Ylva con todo lo que tenía cuerpo a cuerpo. Sus tiradores fueron a por Iskra Vash. No fue casualidad. Las dos son de las más conocidas de Kridornhost y todo el mundo sabe lo que pasa si las dejas trabajar: Ylva parte en dos lo que se le pone delante, e Iskra no falla. El razonamiento era sencillo: si las dejas, te matan.
Ylva salió con el arma a dos manos. Hablé con ella después y no se esconde: no esperaba ese foco. Pensaba que irían a por los de armadura ligera y poco aguante, que es lo que haría cualquiera con la cabeza fría, y no se fiaba de un escudo sin runas. Cuando vio que la marea venía entera hacia ella, cambió a arma y escudo. Fue inútil. El escudo saltó al primer golpe.
Fue la primera en caer.
En el otro lado pasó lo mismo con Alissan. Todo el bando de Ylva que pudo llegar hasta él se le echó encima. En Kridornhost se conoce su movilidad y se sabe lo que hace cuando encuentra un hueco, y se daba por hecho que, sin armadura, aguantaría menos que los otros. Aguantó más de lo que creían. Pero cayó el segundo.
Dos nombres fuera antes de que la arena se hubiera manchado de verdad. A partir de ahí, la pelea fue otra.
El miedo como señal
Hay algo que desde la grada no se ve si no sabes mirarlo. Ludo no pegaba mucho. Lo que hacía era otra cosa: se plantaba delante de alguien, le decía algo que yo no oía, y a ese alguien le temblaba el brazo. Y en cuanto le temblaba, sus compañeros caían encima.
Ludo no mataba: marcaba. Elegía al blanco, lo ablandaba con miedo y lo dejaba servido. Su bando aprendió enseguida a mirar hacia donde miraba él. Acabó cayendo, con media arena disparándole, pero para entonces ya había dejado hecho el trabajo.
Gibson, desde la segunda fila
Y luego está Gibson.
Lo que hizo Gibson no lo había visto nunca en una melé. No se ponía delante. Se quedaba detrás de la línea, a un paso de donde llegaba el rival, y desde ahí soltaba el mayal por encima del hombro de un compañero. La cadena llegaba donde no llegaba nadie más. Y cuando no golpeaba, enganchaba: un tirón de la bola en un tobillo y el otro al suelo, desprevenido, con dos o tres armas cayéndole a la vez.
Eso explica dos cosas. Por qué fue el que más castigo repartió de toda la tarde, con mucha diferencia. Y por qué apenas recibió: desde la segunda fila no te llega casi nadie.
Al final, cuando ya solo quedaban los tiradores de Ylva, salió de la línea. Lo vi cruzar media arena con la armadura completa como si no pesara. A Ulfrik lo tiró al suelo dos veces seguidas, y cuando se levantó, lo volvió a tirar y ya no se levantó. Si alguien pinta algún día esta melé, que pinte ese momento.
A Vigdís, la última que quedaba en pie del bando de Ylva, la derribó igual. Con ella se acabó la tarde.
Lo que quedó en pie
El bando de Gibson ganó cuando en las gradas ya no quedaba nadie con voz para seguir gritando. Quedaron en pie Gibson y Yarek, de La Vigilia; Grom, de La Compañía del Paso; Orm, de La Tribu Errante; y Yura, de los Veteranos de Mendev. Ellos se llevan el premio de la fase y el pase a El Puente.
Que conste: el bando de Ylva no se hundió. Cuando cayó Jelena, iban seis caídos de un lado y cinco del otro, y desde la grada yo no habría puesto la mano en el fuego por nadie. Jelena aguantó un castigo que habría tumbado a dos, y Pavlo e Iskra se dejaron todo. Lo que decidió la pelea no fue el valor, que lo hubo de sobra en los dos lados. Fue que un bando sabía desde el principio a quién tenía que tumbar, y lo tumbó.
No murió nadie. Walda y Stellan estaban junto a los mozos, y cada vez que alguien caía, los mozos lo sacaban y ellos lo estabilizaban. En un día estaban todos de pie. Esto es un entretenimiento de invierno, no una guerra, y así tiene que seguir.
Ylva, después
La busqué al terminar. Tenía el escudo roto a sus pies y una sonrisa que no me esperaba. Le pregunté si le había dolido ser la primera.
“Ser la primera en caer es todo un orgullo, solo demuestra que el otro bando sabía quién era el enemigo a batir.”
Lo apunté tal cual.
— Silas, desde la grada del Foso de Kargoth.